Contexto
Colombia está casi sobre el ecuador. Desde Bogotá, a 4,7° de latitud norte, se ven las dos estrellas polares del mundo: la Polar rozando el horizonte norte y la Cruz del Sur bien alta en el sur. El Sol pasa por el cenit dos veces al año, y los días duran casi lo mismo todo el año. Los pueblos que vivieron aquí antes de 1500 (muiscas, taironas, zenúes) organizaron sus calendarios con ese cielo; su historia está en el capítulo de los Andes.
Este capítulo empieza en 1760, cuando llega a Cartagena un médico gaditano, José Celestino Mutis, con el nuevo virrey. En Santafé de Bogotá Mutis enseñó matemáticas y el sistema de Copérnico, que todavía incomodaba a parte de la Iglesia, y dirigió la Expedición Botánica (1783–1816), la mayor empresa científica de la colonia. De ella salió un observatorio, una generación de científicos criollos y, por un camino inesperado, la independencia. Desde entonces, hacer astronomía en Colombia ha sido casi siempre una tarea de pocas personas con muchas ganas: un director sin ayudantes, un planetario para toda una ciudad, un astrónomo aficionado que se instala en un desierto, universidades que construyen satélites del tamaño de una caja de zapatos.
Sus grandes aportes
El observatorio de 1803
Entre mayo de 1802 y el 20 de agosto de 1803 se levantó junto a la casa de la Expedición una torre octogonal con planos de fray Domingo de Petrés. Es el edificio construido expresamente como observatorio más antiguo que se conserva en América; «el primero de América», como suele decirse, exige un matiz: hubo observaciones astronómicas organizadas antes en México y en Lima, pero no un edificio dedicado que haya llegado a nuestros días. Su primer director, Francisco José de Caldas, midió la latitud y longitud de Bogotá, observó eclipses y llevó registros meteorológicos: el mismo trabajo que hacía Hiparco dos mil años antes, como cuenta el artículo Hiparco y el cielo que se mueve despacio. La lección Estrellas y constelaciones menciona el observatorio, y el simulador Cielo local muestra qué veían desde esa torre.
Caldas y el hipsómetro
Antes de llegar al observatorio, Caldas había hecho su descubrimiento más original en Popayán, en 1801, sin instrumentos europeos: el agua hierve a menor temperatura cuanto más alto está uno. Con un termómetro y una tabla de calibración se podía medir la altura de una montaña. Es una idea que cabe en una frase y que conecta la física del aire con la geografía de los Andes; la misma relación entre altitud y presión aparece en la lección Estaciones y latitud. Humboldt, que conoció a Caldas en Quito, usó el método en sus viajes. Caldas fundó además en 1808 el Semanario del Nuevo Reino de Granada, la primera revista científica del país, y fue fusilado en 1816 durante la reconquista española.
Garavito y la Luna
Tras décadas de abandono, el observatorio renació a finales del siglo XIX con José María González Benito y, sobre todo, con Julio Garavito Armero, director desde 1891–1892 hasta su muerte en 1920. Garavito era matemático: estudió cometas, trabajó en la teoría del movimiento de la Luna (las «perturbaciones» que estudia la lección Fases y eclipses) y fijó con precisión las coordenadas de Bogotá, base de los mapas del país. En 1970 la Unión Astronómica Internacional dio su nombre a un cráter de la cara oculta de la Luna, y entre 1996 y 2016 su retrato estuvo en el billete de 20 000 pesos.
Planetarios, satélites y cielos oscuros
El 22 de diciembre de 1969, cinco meses después del Apolo 11, abrió el Planetario de Bogotá; el de Medellín llegó en 1984. En 2007 la Universidad Sergio Arboleda puso en órbita el Libertad 1, el primer satélite colombiano, y la Fuerza Aérea siguió con FACSAT-1 (2018) y FACSAT-2 «Chiribiquete» (2023); la lección Gravitación y satélites calcula sus órbitas y explica por qué FACSAT-1 acabó cayendo. Y en el desierto de la Tatacoa (Huila), donde Javier Rúa se instaló en 1997 para ver el cometa Hale-Bopp, se mide hoy uno de los cielos más oscuros del país: la lección ¿Cuántas estrellas veo? compara ese cielo con el de Bogotá, que brilla unas 40 veces más.
¿Cómo lo sabemos?
Las fuentes de la astronomía colombiana son sobre todo documentos de archivo: las cartas y diarios de Mutis y Caldas, el Semanario, los libros de observaciones del observatorio (muchos conservados en la Universidad Nacional), la prensa de cada época y, para los últimos treinta años, los registros oficiales de lanzamientos y los artículos científicos.
Eso deja huecos y discusiones. La fecha de la lección copernicana de Mutis se da como 1762 o como diciembre de 1773 según el historiador que se consulte. Los nombramientos del observatorio aparecen con un año de diferencia entre fuentes (Garavito, 1891 o 1892) y de Caldas se discute hasta el día exacto de su fusilamiento (28 o 29 de octubre de 1816). Algunas historias muy repetidas, como que Einstein elogió los trabajos de Garavito, no tienen documento que las respalde y aquí no se cuentan. Para la astronomía más reciente, la Red de Astronomía de Colombia (RAC), que reúne desde hace décadas a grupos universitarios, planetarios y aficionados de todo el país, publica una circular con la crónica de cada año, pero ni siquiera su fecha de fundación aparece documentada con claridad en fuentes públicas. En la línea de tiempo, cada fecha dudosa lleva «hacia» y una nota.
Legado
De Mutis y Caldas heredamos la idea de que la ciencia se hace desde aquí, con los recursos que hay: un termómetro en Popayán bastó para inventar un instrumento. Del observatorio de 1803 heredamos las primeras coordenadas precisas del país, el edificio (hoy dentro de la Casa de Nariño) y la tradición que llevó al primer pregrado de Astronomía (Universidad de Antioquia, 2009) y al primer doctorado (Universidad Nacional, 2017). De Garavito, un cráter en la Luna y la certeza de que un matemático en Bogotá podía contribuir a la mecánica celeste mundial.
Y heredamos un cielo. El mismo que permite medir la Tierra como Eratóstenes entre Bogotá y Santa Marta (lección y proyecto), seguir un satélite colombiano a simple vista y, en la Tatacoa, ver la Vía Láctea de horizonte a horizonte. Este portal existe para que ese cielo se siga mirando con rigor.