Contexto
Los Andes son una cordillera de más de 7 000 km que va de Venezuela a Chile. En sus valles y altiplanos, entre 3 000 y 4 000 m de altura, vivieron pueblos que dependían de la papa, el maíz y las llamas, y que tenían un problema común: saber cuándo sembrar. En los trópicos la temperatura cambia poco; lo que cambia es la lluvia. Y la lluvia llega con el verano austral, cuando el Sol está más al sur. Por eso la astronomía andina es, ante todo, una astronomía del horizonte: dónde sale el Sol, qué cerro lo oculta, cuándo reaparecen las Pléyades antes del amanecer.
No existió una sola «astronomía andina». Chankillo (siglo IV a. C.), Nazca, Tiwanaku, los incas y, en el extremo norte, los muiscas del altiplano cundiboyacense son culturas separadas por siglos y por miles de kilómetros. Lo que comparten es el escenario (montañas que sirven de calendario), el cielo austral con la Vía Láctea muy alta y, en el caso inca, una religión del Sol que hacía de la observación un asunto de Estado.
Sus grandes aportes
El horizonte como calendario: Chankillo y los pilares del Cusco
Las trece torres de Chankillo son el ejemplo más claro. Vistas desde un punto de observación fijo, forman una «sierra» artificial que cubre el arco de salidas del Sol: en junio sale junto a la torre del extremo, en diciembre junto a la opuesta, y cada día intermedio queda marcado por un hueco. Con una resolución de dos o tres días, era un calendario solar sin necesidad de contar. Mil setecientos años después, los incas hicieron lo mismo con pilares en los cerros del Cusco. En Estaciones y latitud puedes ver por qué el punto de salida del Sol se mueve a lo largo del año; el simulador Día, noche y estaciones lo muestra para cualquier latitud.
Un cielo con constelaciones oscuras
Desde los Andes, la Vía Láctea cruza el cielo casi por el cenit, y sus manchas oscuras (nubes de polvo que tapan las estrellas de fondo) se ven con toda claridad. Los pueblos quechuas dibujaron en ellas una llama (Yacana) con su cría, un zorro, un sapo, una serpiente y una perdiz. El manuscrito de Huarochirí, hacia 1600, ya describe a la llama bajando a beber del mar a medianoche; Gary Urton las encontró vivas en Misminay en los años setenta. Es una manera de mirar el cielo distinta de la griega, que une estrellas con líneas: aquí las figuras son las sombras. Compáralo con Estrellas y constelaciones.
Las Pléyades y la lluvia
En junio, antes del amanecer, los campesinos del altiplano miran las Pléyades (Qullqa, «el depósito»). Si se ven brillantes y nítidas, la temporada de lluvias será buena; si se ven débiles, siembran la papa más tarde. En 2000, Orlove, Chiang y Cane demostraron con datos de satélite que la práctica funciona: en los años de El Niño hay cirros altos, casi invisibles, que atenúan las estrellas, y El Niño trae sequía al altiplano meses después. La regla de los abuelos es un pronóstico climático a cuatro meses. El estudio se hizo en Perú y Bolivia; en Colombia las Pléyades se ven igual de bien, pero el efecto de El Niño sobre la lluvia es distinto, así que la regla no se puede trasladar sin más.
El calendario muisca
Los muiscas contaban por lunas. Fray Pedro Simón escribió hacia 1625 que tenían un año de doce lunas; Duquesne, en 1795, describió un sistema mucho más elaborado con un ciclo de 37 lunas y un «siglo» de 20 años. ¿Cuánto de eso es muisca y cuánto es Duquesne? La crítica de Vicente Restrepo (1892) lo rechazó en bloque; Izquierdo Peña (2008, 2011) concluye que hay información genuina mezclada con reconstrucción. La lección El calendario lunar lo cuenta para los más pequeños con esa misma cautela.
¿Cómo lo sabemos?
Los Andes no tuvieron escritura, así que las fuentes son de dos clases: crónicas coloniales (Garcilaso, Betanzos, Cobo, Simón, el manuscrito de Huarochirí) y restos arqueológicos (torres, ventanas, columnas). Las crónicas se escribieron después de la conquista, muchas veces por religiosos que querían suprimir lo que describían, y a veces décadas después de los hechos. Los restos, por su parte, no explican por sí mismos para qué servían.
La arqueoastronomía andina ha aprendido a ser exigente. Chankillo convence porque las trece torres cubren todo el arco solar, con dos puntos de observación construidos para ello y una probabilidad de azar muy baja. El Torreón de Machu Picchu convence porque la ventana y la roca interior coinciden en una fecha concreta. En cambio, las líneas de Nazca apuntan a tantas direcciones que cualquier estrella «encaja»; Hawkins y Aveni lo comprobaron con estadística y hoy se prefieren explicaciones relacionadas con el agua y los caminos rituales. La datación de Tiwanaku en 15 000 a. C. a partir de alineaciones (Posnansky) es un ejemplo de cómo no hacerlo: supuso que el templo era perfecto y que la oblicuidad de la eclíptica podía leerse en muros reconstruidos. Y en El Infiernito, en Colombia, tenemos columnas y fechas de carbono, pero la relación entre ambas y las alineaciones propuestas siguen en estudio: decir «observatorio» es, por ahora, una hipótesis.
Legado
Heredamos el Inti Raymi, que vuelve a celebrarse cada 24 de junio desde 1944; los nombres quechuas y muiscas de estrellas y constelaciones; una forma de prever el clima que la ciencia confirmó con medio siglo de retraso; y un lugar, Chankillo, que en 2021 se convirtió en el primer sitio del Patrimonio Mundial inscrito por su función astronómica. Para quien vive en Colombia, el legado más cercano está en Boyacá: las columnas de Villa de Leyva y el Templo del Sol de Sogamoso recuerdan que el altiplano también miró al cielo, aunque todavía nos falte mucho por saber de cómo lo hizo.