Contexto
Mesoamérica es la región que va desde el centro de México hasta Honduras y El Salvador. Entre 600 a. C. y 1521 vivieron allí muchos pueblos distintos (olmecas, zapotecas, mayas, teotihuacanos, mixtecos, mexicas) que compartían una misma idea del tiempo: dos calendarios que giraban juntos, uno de 260 días (el tzolk’in maya o tonalpohualli nahua) y otro de 365 días (el haab’ o xiuhpohualli). Una fecha completa se repite solo cada 52 años.
Casi toda la región está en la zona tropical. Eso tiene una consecuencia que en Europa no existe: el Sol pasa exactamente por el cenit dos veces al año, y un palo vertical no da sombra a mediodía. Como en Colombia, esos dos pasos cenitales marcan el inicio y el final de la temporada de lluvias. No es casualidad que los mesoamericanos construyeran cámaras para verlos. Miraban el cielo para saber cuándo sembrar, para fijar las fiestas de los dioses y para dar legitimidad a sus reyes, que fechaban cada acontecimiento de su reinado con precisión de un día.
Sus grandes aportes
La Cuenta Larga: contar los días uno a uno
Los mayas (y antes que ellos, los pueblos epiolmecas de Chiapas y Veracruz) inventaron una manera de nombrar cualquier día sin ambigüedad: contar los días transcurridos desde una fecha de creación. Usaban un sistema posicional casi vigesimal con un signo para el cero. Una fecha como 9.15.10.0.0 significa 9 × 144 000 + 15 × 7 200 + 10 × 360 días desde el origen. Con la correlación GMT, ese origen es el 11 de agosto de 3114 a. C. (13 según otra variante). Las fechas más antiguas que conservamos son del 36 a. C. (Chiapa de Corzo) y el 32 a. C. (Tres Zapotes).
Es la misma idea que usa hoy la astronomía con el día juliano: un contador continuo de días que evita los líos de meses y años bisiestos. Si te interesa cómo medimos el tiempo, la lección Tiempo solar y tiempo sidéreo lo explica.
Venus, los eclipses y el Códice de Dresde
El Códice de Dresde contiene una tabla de Venus en la que 5 ciclos del planeta (584 días cada uno) encajan con 8 años de 365 días: 5 × 584 = 8 × 365 = 2 920. El valor moderno del periodo sinódico de Venus es 583,92 días, así que la tabla se desfasaba poco a poco; los escribas lo sabían e incluyeron correcciones. Otra tabla reúne 405 lunaciones (11 960 días) y señala los días en que podía haber un eclipse. No predice cada eclipse (eso exige conocer los nodos de la órbita lunar), pero avisa de las fechas de riesgo. Puedes ver cómo se alinean Sol, Tierra y Luna en la lección Fases de la Luna y eclipses.
Ciudades orientadas al Sol
Teotihuacan está girada 15,5° respecto al norte. Monte Albán tiene un edificio que apunta en una dirección distinta a todos los demás. En Uaxactún, tres templos marcan los solsticios y los equinoccios vistos desde una pirámide. La hipótesis más aceptada es que esas orientaciones registran salidas y puestas del Sol en fechas separadas por múltiplos de 13 y 20 días, es decir, un calendario escrito en el horizonte. En Estaciones y latitud se explica por qué el Sol sale cada día por un punto distinto.
El paso cenital
La cámara subterránea de Xochicalco es un tubo de casi 9 metros: solo cuando el Sol está justo encima entra un haz de luz hasta el suelo. En su latitud eso ocurre hacia el 14–15 de mayo y el 28–29 de julio. En Colombia el fenómeno es el mismo, con otras fechas; la lección Duración del día y altura del Sol enseña a calcularlas para tu ciudad.
¿Cómo lo sabemos?
Tenemos tres tipos de fuentes, de fiabilidad muy distinta.
Las inscripciones en piedra son la fuente más sólida: miles de fechas de Cuenta Larga grabadas por los propios mayas, con la edad de la Luna en cada una. Desde 2013 sabemos además que la correlación GMT es correcta, porque el carbono 14 de un dintel de Tikal da la misma edad que su fecha maya.
Los códices son solo cuatro (Dresde, Madrid, París y el Códice Maya de México), porque los demás fueron destruidos en el siglo XVI. Las tablas de Venus y de eclipses se leen sin ambigüedad desde Förstemann (1880), aunque todavía se discute qué fechas exactas cubrían.
Las alineaciones de edificios son el terreno más resbaladizo. Un edificio siempre apunta a algún sitio, y en el horizonte hay muchas salidas de estrellas posibles. Por eso la arqueoastronomía seria exige que la orientación se repita en muchos sitios, que coincida con fechas del calendario y que no haya una explicación más simple (la pendiente del terreno, un camino). Con ese criterio, las orientaciones solares de Teotihuacan o de los grupos E están bien apoyadas; la estrella Capella en Monte Albán no resistió una segunda medición; y la «serpiente» de Chichén Itzá, aunque es un espectáculo real, dura semanas y no aparece en ninguna fuente maya: su intención sigue en debate.
Legado
De Mesoamérica heredamos el cero posicional, inventado de forma independiente al de la India; los nombres de los veinte días y las fechas de miles de reyes; y la constatación de que, con paciencia y registros durante siglos, se puede medir el mes lunar con un error menor de un minuto y seguir a Venus durante un siglo. Hoy, comunidades mayas de Guatemala siguen contando el tzolk’in, y el 21 de diciembre de 2012 (fin del baktún 13) recordó al mundo que ese calendario nunca dejó de girar: no era un fin del mundo, sino el cambio de una cifra.