Contexto
Egipto es un río con un país alrededor. Cada verano el Nilo se desbordaba y cubría los campos de limo fértil; de esa crecida dependía la cosecha y, con ella, el Estado. Saber cuándo llegaría era la primera razón para mirar el cielo, y el cielo daba una señal: poco antes de la inundación, Sirio, la estrella más brillante, reaparecía al amanecer en el este tras unos 70 días de invisibilidad. Los egipcios la llamaban Sopdet y la convirtieron en diosa.
La segunda razón era la religión. El rey muerto subía al cielo para unirse a las «estrellas imperecederas», las que nunca se ponen bajo el horizonte, y los templos necesitaban saber la hora de la noche para sus rituales. La tercera era la arquitectura: pirámides y templos se orientaban según el cielo. Lo que no hubo, a diferencia de Babilonia, fue una astronomía de cálculo: los egipcios fueron sobre todo grandes organizadores del tiempo.
Sus grandes aportes
Un año de 365 días
Hacia el tercer milenio a. C. los egipcios adoptaron un calendario civil de 12 meses de 30 días más 5 días «añadidos»: 365 días exactos, sin bisiestos. Como el año solar dura unas seis horas más, el calendario se adelantaba un día cada cuatro años y las fiestas iban recorriendo las estaciones. Para ellos era un inconveniente; para los astrónomos posteriores, una bendición: un año siempre igual hace fáciles las cuentas, y Ptolomeo y Copérnico seguían usando años egipcios. En 238 a. C. el Decreto de Canopo propuso añadir un día cada cuatro años; no se aplicó, pero Julio César tomó la idea en 46 a. C. para el calendario juliano, abuelo del nuestro. La lección El calendario lunar explica por qué cuadrar la Luna, el Sol y los días es tan difícil.
Las 24 horas
Los egipcios dividieron la noche en 12 horas usando 36 grupos de estrellas, los decanos, que salen uno tras otro cada 10 días: en una noche de verano se ven salir unos doce. Esas tablas pintadas en ataúdes de hacia 2100 a. C. son los relojes estelares más antiguos. El día también tuvo 12 horas, medidas con relojes de sombra, y de la suma salen las 24 horas que todo el mundo usa hoy. Eran horas «estacionales», más largas en verano que en invierno; las horas iguales llegarían con los astrónomos griegos. Para las noches nubladas inventaron el reloj de agua: el de Karnak, de hacia 1370 a. C., es el más antiguo que se conserva. Si quieres ver cómo las estrellas marcan la hora, mira Tiempo solar y tiempo sidéreo.
Pirámides apuntando al norte
Los lados de la Gran Pirámide se desvían del norte verdadero menos de 4 minutos de arco. Es asombroso porque hacia 2550 a. C. no había estrella polar: la precesión, que explica el artículo sobre Hiparco, tenía entonces el polo cerca de la débil Thuban. Cómo lo hicieron sigue en debate: Kate Spence propuso en 2000 que alinearon con una plomada dos estrellas circumpolares; Glen Dash mostró en 2017 que la sombra de un gnomon en el equinoccio da la misma precisión. Ambos métodos funcionan; no sabemos cuál usaron.
Mapas del cielo
El techo de la tumba de Senenmut (c. 1470 a. C.) es el mapa celeste egipcio más antiguo: decanos, Orión, Sirio, la Pata de Toro (nuestra Osa Mayor) y los planetas. Mil cuatrocientos años después, el zodiaco de Dendera mezcló esas constelaciones egipcias con los doce signos babilonios y griegos: Egipto se había convertido, con Alejandría, en el lugar donde las tradiciones astronómicas se encontraban. Allí midió Eratóstenes el tamaño de la Tierra hacia 240 a. C. (lo cuenta Eratóstenes midió la Tierra y puedes repetirlo en el simulador) y allí escribiría Ptolomeo el Almagesto.
¿Cómo lo sabemos?
Las fuentes son de tres tipos. Textos e imágenes: tablas de decanos en ataúdes, techos de tumbas y templos, el Libro de Nut en el cenotafio de Seti I, notas de calendario en papiros como el de Illahun o el Ebers. Objetos: la clepsidra de Karnak, relojes de sombra, el merkhet y el bay de los sacerdotes de las horas. Edificios: la orientación de pirámides y templos, medida por Petrie en 1883 y por equipos modernos con GPS.
Casi todo esto pudo leerse solo después de 1822, cuando Champollion descifró los jeroglíficos, y se ordenó en los tres volúmenes de Neugebauer y Parker (1960–1969), que siguen siendo la referencia. Sus límites son claros: los decanos no se identifican con seguridad con estrellas concretas, las tablas parecen esquemas ideales más que registros de observación, y las fechas de Sirio dependen de dónde se observó, por lo que la cronología egipcia tiene márgenes de décadas. Hay además hipótesis sin consenso, como la de que el Calendario de El Cairo registra el periodo de la estrella Algol (2015), o que los conductos de la Gran Pirámide apuntan a estrellas concretas. Y hay mitos que conviene desmentir: el zodiaco de Dendera no tiene 15 000 años, como se dijo en el París de 1821, sino unos 2070, y las pirámides las construyeron trabajadores egipcios cuyos poblados y tumbas se han excavado en Guiza.
Legado
El calendario de 365 días con bisiesto cada cuatro años, las 24 horas del día, el reloj de agua, la salida helíaca como marcador del año y los decanos (que pasaron a la astrología helenística) son herencia egipcia. También una cronología: gracias a las fechas de Sirio y a los calendarios egipcios podemos ordenar la historia del Mediterráneo antiguo. Y una ciudad: Alejandría, donde Egipto, Babilonia y Grecia se mezclaron para producir la astronomía que Europa y el mundo islámico heredarían.