Contexto
Entre los ríos Tigris y Éufrates, en el actual Irak, florecieron durante tres mil años las ciudades de Sumer, Babilonia y Asiria. Allí se inventó la escritura, hacia 3200 a. C., y allí se escribió sobre arcilla hasta el siglo I de nuestra era. Las tablillas de barro cocido, a diferencia del papiro, resisten el fuego y el tiempo: por eso de Mesopotamia conservamos decenas de miles de textos, y entre ellos varios miles sobre el cielo.
¿Por qué miraban el cielo? Primero, por el calendario: los meses empezaban con la primera Luna creciente y el año agrícola exigía saber cuándo añadir un mes extra. Segundo, por la religión y el poder: los babilonios creían que los dioses escribían mensajes en el cielo, y un eclipse de Luna podía anunciar la muerte del rey. Para leer esos mensajes había que observar todas las noches, y un observador que anota todo durante siglos acaba descubriendo regularidades. Ese es el camino que llevó de los presagios a la astronomía matemática.
Sus grandes aportes
Los grados, los minutos y el zodiaco
Los escribas babilonios contaban en base 60. De su sistema vienen las 60 unidades del minuto y de la hora, y la división del círculo en 360 grados. Hacia el siglo V a. C. dividieron también la franja del cielo por donde se mueven el Sol, la Luna y los planetas en 12 signos de 30° cada uno: el zodiaco. Era una herramienta de cálculo, no un dibujo de constelaciones. Cuando en la lección de Coordenadas celestes mides una posición en grados y minutos, estás usando su invento.
Un registro de seis siglos: los Diarios
Desde al menos 652 a. C. hasta el siglo I a. C., los astrónomos de Babilonia anotaron cada noche dónde estaba la Luna respecto a ciertas estrellas, qué planetas eran visibles, si había eclipses, cómo estaba el tiempo y a cuánto se vendía la cebada. Son los Diarios astronómicos, la serie de observaciones más larga de la historia de la ciencia. Un Diario del año 568 a. C. describe el cielo con tanto detalle que sirve para fechar todo el imperio de Nabucodonosor.
Predecir eclipses: el Saros
Con siglos de datos descubrieron que los eclipses se repiten cada 223 meses lunares, unos 18 años y 11 días. Ese periodo, que hoy llamamos ciclo de Saros, les permitía avisar con antelación de que un eclipse era posible en determinado mes. La lección de Fases y eclipses explica por qué funciona el Saros y cómo seguir usándolo hoy para los eclipses visibles desde Colombia.
Calcular sin geometría
Lo más sorprendente es lo que vino después, entre los siglos IV y I a. C. Sin ningún modelo de esferas o de órbitas, los babilonios calcularon con tablas de números cuándo habría Luna nueva o cuándo aparecería un planeta. Usaban funciones que suben y bajan en zigzag para representar velocidades cambiantes. En 2016 Mathieu Ossendrijver demostró que, para Júpiter, llegaron a calcular el avance del planeta como el área bajo un gráfico de velocidad contra tiempo, dividiendo la figura en trapecios: la idea central del cálculo integral, catorce siglos antes de que se retomara en Europa. Si has visto Derivadas y movimiento, reconocerás el razonamiento.
¿Cómo lo sabemos?
Todo está en las tablillas. La mayoría de los textos astronómicos proceden de Babilonia y Uruk y llegaron a los museos europeos, sobre todo al Museo Británico, en las excavaciones del siglo XIX; los textos asirios vienen de la biblioteca del rey Asurbanipal en Nínive. Para leerlos hizo falta descifrar el cuneiforme (1857) y, después, el trabajo de generaciones: Epping y Strassmaier reconocieron los nombres de los planetas (1889), Kugler y Neugebauer reconstruyeron las reglas de cálculo y Sachs y Hunger editaron los Diarios a partir de 1988.
Los límites también son claros. Muchas tablillas están rotas; los observadores anotaban «nublado, no visto» con frecuencia; las fechas antiguas, como la de la tablilla de Venus, dependen de qué cronología se acepte para el segundo milenio y siguen en discusión. Y hay nombres que la tradición griega repite, Kidinnu y Naburimannu, sin que las propias tablillas confirmen que inventaron los sistemas que se les atribuyen. En cambio, cuando un texto describe un eclipse, la astronomía moderna puede comprobarlo: el eclipse de Bur-Sagale se identifica sin duda con el del 15 de junio de 763 a. C., y por eso toda la cronología asiria tiene una fecha segura.
Legado
Cada vez que decimos «tres y cuarto» o medimos un ángulo en grados, hablamos babilonio. El zodiaco, el Saros, la costumbre de registrar observaciones con fecha y el hábito de buscar periodos en los datos pasaron a los griegos. Hiparco construyó su teoría de la Luna con eclipses babilonios, y Ptolomeo abrió el Almagesto con observaciones de Babilonia del siglo VIII a. C. Cuando la última tablilla se escribió en Uruk, hacia el año 79, sus métodos ya tenían una segunda vida en griego, y después en árabe y en latín.