Contexto
Antes de que existiera la escritura, miles de años antes de Babilonia o de Egipto, hubo personas que miraron el cielo con atención suficiente para dejar huella de ello en piedra. No sabemos cómo se llamaban ni qué lengua hablaban. Lo que tenemos son sus monumentos: zanjas circulares en el centro de Europa, túmulos con pasillo en Irlanda y Escocia, círculos de piedra en el desierto del Sahara y en Malta, y un disco de bronce con estrellas de oro enterrado en una colina de Alemania.
¿Para qué miraban el cielo? Las comunidades del Neolítico vivían de la agricultura y el pastoreo, y el año era su gran preocupación: cuándo sembrar, cuándo llegan las lluvias, cuándo empieza a alargarse el día. El Sol responde a esas preguntas si se observa con paciencia. Cada mañana sale por un punto distinto del horizonte: se desplaza hacia el norte durante medio año, se detiene y vuelve hacia el sur. Los dos puntos extremos son los solsticios, y marcar esos puntos con piedras o con una puerta es la forma más sencilla de construir un calendario sin números. Casi todas las alineaciones prehistóricas bien confirmadas son de ese tipo.
Sus grandes aportes
Marcar el año con el horizonte
El recinto de Goseck (c. 4900 a. C.) tenía dos puertas en el sur que apuntan a la salida y a la puesta del Sol del solsticio de invierno. En Nabta Playa, en pleno Sahara, pastores neolíticos colocaron un pequeño círculo de losas con una línea hacia el norte y otra hacia la salida del Sol de verano, que anunciaba las lluvias del monzón. Y en Stonehenge, el eje de las grandes piedras levantadas hacia 2500 a. C. une la salida del Sol del solsticio de junio con su puesta en el de diciembre. Puedes ver cómo cambia el punto de salida del Sol a lo largo del año en la lección Estaciones y latitud y en el simulador de día, noche y estaciones.
Hacer entrar la luz en la oscuridad
En Newgrange (c. 3200 a. C.) los constructores dejaron una abertura sobre la entrada, la «caja del techo», calculada para que el primer Sol del solsticio de invierno recorra el pasillo de 19 metros e ilumine la cámara del fondo durante unos minutos. Maeshowe, en las Orcadas, hace lo mismo con la luz de la tarde. Son alineaciones que se han visto y fotografiado: el arqueólogo Michael O’Kelly fue el primero en siglos en presenciarla, el 21 de diciembre de 1967.
Dibujar el cielo: el disco de Nebra
Hacia 1600 a. C. alguien enterró en el monte Mittelberg un disco de bronce de 32 cm con el Sol (o la Luna llena), una Luna creciente y 32 estrellas de oro. Siete de ellas forman un grupo apretado que casi todos los especialistas identifican con las Pléyades, el cúmulo que en Europa central marcaba el inicio y el final de la temporada agrícola. Más tarde se añadieron dos arcos de oro en los bordes que abarcan un ángulo de 82°: justo el recorrido de los puntos de salida del Sol entre los dos solsticios a la latitud de Nebra. Es la representación concreta del cielo más antigua conocida. Las Pléyades siguen siendo fáciles de encontrar hoy: búscalas en la lección Estrellas y constelaciones o en el planisferio interactivo.
Nacimiento de una ciencia: la arqueoastronomía
Que estos monumentos apuntan al Sol lo notó William Stukeley en 1740 para Stonehenge. Pero el estudio sistemático empezó en el siglo XX: Norman Lockyer (1906), Gerald Hawkins con un computador IBM (1963) y Alexander Thom con cientos de círculos medidos (1967). Muchas de sus conclusiones no resistieron las pruebas estadísticas; lo que quedó fue un método: medir con instrumentos, calcular qué alineaciones se esperarían por azar y aceptar solo las que superan esa prueba.
¿Cómo lo sabemos?
Sin textos, todo depende de la arqueología y de la geometría. La fecha de un monumento se obtiene por radiocarbono de carbón, huesos o madera hallados en sus zanjas y hoyos, con márgenes de uno o dos siglos. La orientación se mide con teodolito o GPS y se compara con la posición del Sol en la época, teniendo en cuenta que la inclinación del eje terrestre ha cambiado medio grado desde entonces.
Hay que distinguir tres niveles de certeza:
- Establecido: las alineaciones solsticiales de Newgrange, Maeshowe, Goseck y Stonehenge. Se observan directamente y la probabilidad de que sean casuales es muy baja.
- Debatido: las alineaciones con estrellas (Nabta Playa, Mnajdra), la «yarda megalítica» de Thom o la propuesta de 2022 de que Stonehenge codifica un año de 365,25 días. Son ideas publicadas en revistas serias, respondidas con argumentos también serios.
- Especulativo: el «calendario lunar» del hueso de Ishango, el «mapa estelar» de Lascaux o las lecturas cometarias de Göbekli Tepe. No hay manera de ponerlas a prueba y la mayoría de los especialistas no las acepta.
Hasta un objeto tan estudiado como el disco de Nebra tuvo que defender su fecha: en 2020 dos arqueólogos propusieron que era mil años más reciente, y un equipo de trece especialistas respondió con los datos del radiocarbono, de la metalurgia y del suelo del hallazgo. Así funciona la ciencia también cuando el objeto tiene 3600 años.
Legado
De estas comunidades no heredamos palabras ni fórmulas, pero sí tres cosas. La primera, la idea de que el horizonte es un instrumento: cualquiera puede marcar hoy en su patio el punto por donde sale el Sol y repetir el experimento de Goseck. La segunda, los propios monumentos, que siguen funcionando: cada solsticio de invierno, un sorteo decide quién puede estar dentro de Newgrange cuando entra la luz. La tercera, una lección de método: la arqueoastronomía aprendió a base de errores a separar lo que una piedra demuestra de lo que nos gustaría que demostrara.